El valor de un disfraz.

Estamos en carnaval, una fiesta que a muchas personas adultas nos encanta, pero que a niños y niñas, suele chiflarles. El Carnaval es una época en la que nos desatamos, hacemos cosas que normalmente no hacemos, nos desinhibimos… Se dice que en carnaval somos quien queremos ser y no podemos. Y la gente menuda no es ajena a todo ello.

 
Una de las principales formas de juego que se desarrollan durante la infancia es el juego simbólico, el jugar a que somos, imitar a las personas mayores, jugar con muñecas a las mamás y los papás, con los coches a ser especialistas en mecánica, a repartir papeles entre quienes están jugando… Si se hace con un disfraz, todo eso se potencia.
 
La posibilidad de desarrollar otros roles, y sentirlos físicamente a través del disfraz, les ayuda a meterse más aún en la piel del personaje, y por ello, es importante que en la medida de lo posible respetemos sus preferencias a la hora de disfrazarse, de representar el personaje que les apetece en ese momento, y sobre todo que sea un personaje que puedan reconocer, que sepan representar, ya que de otra manera sentirían extrañeza y no disfrutarían ni aprovecharían el potencial de la situación. Por esto, es fácil que muchos niños y muchas niñas pequeñas recurran a personajes de televisión o a animalitos, por ejemplo, antes que a caballeros medievales, por poner un ejemplo, porque le son más cercanos y se identifican más con ellos, y a medida que crecen se vayan aproximando a preferencias relacionadas con el mundo adulto,  y pasando al mundo simbólico, buscando la originalidad en su concepción.
 
Pero también tenemos que recordar, que precisamente por el valor que tiene para su desarrollo intelectual a través del juego y la imaginación no tenemos que reducir su uso a las fiestas de Carnaval o últimamente Halloween. Es una pena, por ejemplo, que en las fiestas populares, cuando se organizan actividades infantiles, salvo en honrosas excepciones, no se piense en que niños y niñas pueden asistir con sus disfraces, lo que les hará disfrutar mucho más de la fiesta porque además, resalta ese carácter festivo, y al hacerse normalmente en verano, les da una facilidad al disfrazarse que no tienen en febrero debido al clima.

Por otro lado, de vez en cuando disfrazarse en los juegos habituales será una interesante novedad. No debemos perder de vista que un disfraz no tiene por qué ser un traje que hayamos comprado en una tienda o que hayamos confeccionado (si lo tienes déjalo a mano, no lo guardes el miércoles de ceniza) en casa tenemos muchos elementos que nos pueden servir para disfrazarse. Quizá tengas alguna gorra de corte marinero, porque hace años estuvieron de moda y ahora sirve para que aparezca en el salón un capitán de barco. Un mandil creará un cocinero, una pescadera, un tendero… No cuesta tener en casa un poco de maquillaje de carnaval con el que hacer surgir un bigote en imberbes caritas, o una camisa vieja puede transformarse en una bata de pintor, que además, se puede “decorar” para dar más realismo con pintura de dedos. Este proceso, además de dar como resultado un disfraz, favorece todavía más la creatividad en la búsqueda de los elementos para crearlo.… 

En definitiva, el disfraz es un elemento estupendo para incluir en el juego infantil, dado el valor pedagógico de disfrazarse, favoreciendo la imaginación, la exploración de nuevas posibilidades de la personalidad, la autoestima.. Así que debemos favorecer su uso durante todo el año, no solamente en épocas puntuales, aunque en esas fechas señaladas, como Carnaval y Halloween, les demos un mayor protagonismo y nos esmeremos más en disfrazarnos. Por supuesto, si lo hacemos en familia, será mucho más divertido, como todo. 
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